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La historia de Isabel Zendal: la heroína de la discordia

Hace apenas cuatro meses abría sus puertas el madrileño Hospital Isabel Zendal en medio de una gran polémica que cuenta con críticos y adeptos por igual. Sin entrar en materia sobre un asunto más que peliagudo sobre la idoneidad o no de dicha apertura, hemos traído a nuestro blog esta noticia por el interés que sin duda suscita la historia de la mujer que da nombre al nuevo hospital de pandemias y de la que queremos haceros llegar algo más de información acerca de su singularidad y grandeza.

En Memoralia, tan aficionados como somos a descubrir y escribir acerca de personajes fascinantes, no hemos querido pasar por alto la oportunidad de conocer un poco más a fondo los detalles de la vida de esta heroína.

 

 

Isabel Zendal.

 

Rescatada del olvido gracias a la labor documental que durante las últimas décadas han llevado a cabo varios historiadores -entre los que destaca Antonio López Mariño- desde la Fundación Isabel Zendal aún se preguntan cómo es posible que su historia siga siendo una gran desconocida en España cuando en México o EE. UU. goza de un merecido reconocimiento. No en vano, Isabel Zendal protagonizó una de las gestas más importantes de la historia sanitaria de nuestro país participando en la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, travesía que Edward Jenner, descubridor del futuro antídoto contra la viruela, aseguró que "no imagino que los anales de la Historia nos traigan un ejemplo de filantropía tan noble y extenso como este“. Dicho periplo partió del puerto de La Coruña en 1803 con destino a los territorios de ultramar con el fin de inmunizar contra la viruela, una enfermedad letal para la población aborigen de América y que provocaba una elevadísima mortalidad entre el resto del mundo.

Nacida en el seno de una familia muy humilde en la pequeña localidad de Santa Mariña de Parada de Ordes, Isabel fue la única de entre sus hermanos que por propio interés asistió a clases particulares con el cura de la parroquia, una formación inusual para una mujer de su clase social en aquella época. Cuando en 1786 pierde a su madre durante el agresivo brote de viruela que asolaba en aquellos años (sólo en Europa acabó con la vida de 60 millones de personas), tiene que abandonar la casa familiar y pone rumbo a La Coruña, donde comienza a trabajar como enfermera en el Hospital de La Caridad. Mas tarde, su carrera profesional le llevaría a ocupar el puesto de rectora en la Inclusa o Casa de Expósitos donde se ocupaban de los niños que habían quedado huérfanos. Unos hechos que serían determinantes en su futura trayectoria vital.

 

 

Francisco Javier Balmis, en un grabado del siglo XIX.

 

Mientras tanto, en 1796 el médico inglés Edward Jenner lograba probar la eficacia de la vacuna con la viruela, y Francisco Javier Balmis -médico de la corte de Carlos IV- que había seguido con gran interés los avances de su colega británico, consigue convencer al monarca español para financiar una expedición cuyo objetivo era distribuir la vacuna por el Nuevo Mundo. Pero ¿cómo transportar la vacuna durante un viaje de meses teniendo en cuenta que la conservación de la muestra tan sólo duraba unos días? Ese fue el primer gran problema que tamaña empresa encontraría.  

Balmis entonces encontró una solución que, por su naturaleza, se tornaba temeraria y de dudosa moralidad: el suero sería transportado dentro de reservorios humanos, es decir, en el torrente sanguíneo de veintidós niños sanos de entre 8 y 10 años de la casa de huérfanos de La Coruña. La Gaceta de Madrid explicaba cómo se llevaría a cabo el proceso: "siendo sucesivamente inoculados brazo a brazo en el curso de la navegación, conservarán el fluido vacuno fresco y sin alteración hasta América".

Aunque en un primer momento no se encontraba ninguna mujer en el convoy de la expedición, la experiencia del primer viaje de Madrid al puerto de La Coruña en el que falleció uno de los niños portadores de la vacuna, hizo que se plantearan la necesidad de que una experta mano femenina se ocupara de dispensar los cuidados sanitarios y maternales que los niños necesitarían durante aquel peligroso viaje. En el último momento, Isabel Zendal fue contratada en calidad de enfermera con el mismo sueldo del que disfrutarían los varones del mismo rango: 3000 reales con destino a su habilitación y un sueldo de 5000 pesos anuales.

 

Grabado de la corbeta de la expedición (Francisco Pérez, Biblioteca Nacional de España).

 

El 30 de noviembre de 1803, la corbeta María Pita partió del puerto coruñés con los veintidós niños que portaban la vacuna, y entre los que se encontraba Benito Vélez, el propio hijo de Isabel Zendal, de quien fue madre soltera. Tras de una breve escala en Canarias donde dejarían las primeras muestras del suero que propagaría la inmunidad en las islas, continuaron el viaje destino a Caracas, donde arribaron el 20 de marzo de 1804. La abnegada enfermera, gracias a su incansable trabajo, contribuyó de manera excepcional a que el viaje resultara un éxito. Balmis describiría su labor así: “con el excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, ella perdió enteramente su salud, infatigable de noche y de día, derramando todas las ternuras de la más sensible madre sobre sus angelitos […]"

Durante los diez años que duró la expedición se calcula que unas 250.000 personas fueron vacunadas desde América hasta Filipinas, favoreciendo así la inmunización de la comunidad.

Por desgracia, demasiado poco se sabe de Isabel Zendal y de los niños tras la gesta sin precedentes de la que fueron protagonistas. Parece ser que ninguno volvió a España, y que nuestra heroína viviría hasta sus últimos días en Puebla de los Ángeles (México). Hoy conocemos algo más sobre su vida gracias a la contribución de estos investigadores y su labor documental que han permitido que su legado no se pierda en los anales del anonimato.

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