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El arquitecto español de Nueva York

Hace unos días, en Memoralia nos topamos con la singular historia de Rafael Guastavino a través de la publicación del libro “A prueba de fuego”, del periodista y escritor Javier Moro. Como en otras ocasiones, hoy queremos rememorar la vida de un extraordinario personaje que, por su obra y legado, se ha ganado un merecido lugar en nuestro recuerdo.

The New York Times, en su obituario, llegó a denominarlo “el arquitecto de Nueva York”; una llamativa denominación para un valenciano de nacimiento. Pero ¿quién era Rafael Guastavino? En 2016, y para conocer la historia de este singular personaje, Javier Moro partió hacia la remota ciudad de Asheville, en Carolina del Norte, a la cripta donde reposan sus restos, un edificio denominado por los lugareños como La Catedral, y que fue un regalo del propio arquitecto a la comunidad en agradecimiento por la felicidad que aquel lugar le reportó durante los últimos años de su vida. Fue allí donde el escritor descubrió de manera totalmente fortuita “unas cartas inéditas de la familia que desvelan los secretos inconfesables de una vida amorosa que la ficción más descabellada no hubiera podido inventar. Su trayectoria oscila entre la pulsión creativa y la necesidad de supervivencia, entre la lealtad y la infidelidad, entre la ambición y la pasión por la tierra que le vio nacer”, relata Moro.

Rafael Guastavino

Nuestro protagonista llegó a Norteamérica en 1881, a los 39 años, con una vida de éxitos a sus espaldas en su España natal, pero totalmente arruinado. A pesar de su situación económica y los problemas evidentes de apenas chapurrear el idioma anglosajón, Guastavino pronto supo reinventarse y dejó su impronta en multitud de edificios a lo largo y ancho del país que le acogió. Su estilo artístico estuvo marcado por la innovación y la ingeniería, con una singular imaginación propia y modernista que marcó una era. En una época en la que los incendios campaban a sus anchas por ciudades enteras como Chicago o Boston, Guastavino patentó un sistema de construcción ignífugo inspirado en la bóveda tabicada mediterránea, y de la que en un principio dudaron los grandes arquitectos americanos.

Un día los reunió en un descampado donde construyó una bóveda con un peso añadido de 200 kilos por pie cuadrado. “Mira”, le dijo a su hijo, “vas a ver algo parecido al día de la cremá”. Guastavino, con una antorcha en la mano, contó ante una multitud de curiosos, funcionarios del Ayuntamiento, arquitectos, constructores y periodistas cómo los carpinteros de Valencia en víspera de San José, para limpiar los talleres, quemaban en una hoguera las virutas y los trastos viejos, y que así fue como nacieron las Fallas. Luego, con la misma antorcha que tenía asida en la mano, prendió fuego a la leña bajo la cúpula. “Nos quedamos todos como hipnotizados ante el espectáculo de las llamas”, contaría después su hijo, “temerosos todos de que la cúpula colapsase, excepto mi padre, que parecía un niño de lo excitado que estaba. Eran sus propias fallas”.

Cuando las llamaradas fueron disminuyendo, surgió de entre el humo la estructura de la bóveda, incólume. “Aquello nos dio mucha publicidad, y atrajo más encargos porque habíamos desarrollado tanto el sistema ignífugo de la bóveda tabicada que ya no se conocería más por ese nombre, sino simplemente por el sistema Guastavino. Habíamos creado marca”, reconoció el hijo del arquitecto.

 

La galería de la Central Station de New York, obra de Guastavino.

No se puede entender lo que significó la Guastavino Company, que existió durante 60 años, sin conocer la relación existente entre padre e hijo. Que se llamasen igual —Rafael— no hizo más que reforzar su fama y su marca, pero también creó confusión: ¿dónde acababa uno y dónde empezaba el otro? Fueron inseparables compañeros de vida, y también rivales. Rafael padre formó a su vástago como su aprendiz. El temperamento creativo del padre fue heredado por su hijo, gracias al cual pudo luego acometer muchas otras obras arquitectónicas en la Gran Manzana que gozan de inmortalidad.

Uno de los miles de edificios que construyó la Guastavino Company en EEUU

En Asheville Rafael padre se sintió realmente feliz en sus últimos años. Enamorado de un paisaje que le recordaba -de alguna manera- a las colinas de los Pirineos, decidió comprarse una finca en sus alrededores donde vivir con Francisca, su esposa mexicana, una mujer de fuerte personalidad a quien amó hasta la locura.  En aquel lugar, que bautizó con el nombre de The Spanish Castle, haría sidra y vino, y los domingos invitaba al cura, al médico y al sheriff a un arroz con carne y verduras de su huerto que él mismo cocinaba en el jardín. Los invitados regresaban tambaleándose a sus casas después de catar el vino de su bodega, de la que se sentía realmente orgulloso. Sus comidas llegaron a ser tan famosas en el pueblo que incluso una vecina llegó a escribir estos versos: “Los poetas cantan las orgías de Lúculo, / pero dame un plato de la paella de Guastavino / y una o dos botellas de su propio y rico vino”.

La Basílica de San Lorenzo, un regalo de Guastavino a la ciudad de Asheville

Este hombre visionario murió añorando todo lo español, y nadie supo a ciencia cierta por qué no pudo o no quiso volver nunca a España. Lo que sí está claro es que su memoria volvería a su país natal a través del reconocimiento de la obra y vida de este hombre excepcional.

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