En nuestra globalizada y consumista sociedad existe hoy en día una tendencia creciente a superpoblar el calendario con incontables conmemoraciones y Días de homenaje a toda clase de causas, personajes y acontecimientos. Tales celebraciones suponen sin duda un gran estímulo a la economía –también a la de Memoralia, desde luego-, ya que requieren de su correspondiente regalo y/o comilona, y del inevitable gasto asociado. Prácticamente no hay nada ni nadie sin una fecha en su honor, elegida por recordar a una persona, leyenda o suceso muy representativo de la cosa celebrada.

Así, por ejemplo,  el Día del Libro se celebra el 23 de abril por ser la fecha en que murieron Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso; el Día de la Hispanidad es el 12 de octubre en recuerdo del día en que Colón desembarcó por primera vez en tierra americana; el Día del Orgullo Gay  (28 de junio) tiene su origen en los disturbios de Stonewall (Nueva York), primera rebelión de la comunidad homosexual contra la represión que sufría. Existe también el Día del Abuelo –26 de julio por San Joaquín y Santa Ana, abuelos maternos de Jesús-,el Día del Árbol, el Día de Los Enamorados, el Día de los Muertos, etc., etc…, y no olvidemos el Día Internacional del Gato -20 de febrero-que debe su fecha  a la memoria de “Socks”, el gato de la familia Clinton, que falleció en la Casa Blanca mientras su dueño era Presidente.

Todos los casos enumerados tienen un sentido, una conexión y una importancia directos respecto a la celebración y son sus representantes indiscutibles. Pero la celebración del Día del Padre el 19 de marzo, festividad de San José, convierte a este venerable y simpático santo carpintero en máximo representante de la paternidad, en ejemplo perfecto del perfecto padre, lo cual suscita ciertas dudas y alguna que otra idea inquietante.

José de Nazaret.

José de Nazaret.

La figura evangélica radicalmente positiva que es San José, que acoge con respeto y sin reproches una situación conyugal anómala,  y a un hijo que no es suyo, y sigue trabajando para su sustento, sería un inmejorable patrón para el Día Mundial de la Adopción, un atrevido estandarte en el Día Contra la Violencia de Género, y una imagen muy tranquilizadora si su efigie presidiera las salas de los Juzgados de Familia. En cambio, como emblema del Día del Padre es una elección desafortunada. El padre putativo de Jesús (que además de lo feo que suena no significa “adoptivo”, como traduce mucha gente, sino “aparente”, “supuesto”, adjetivos bastante menos amables), aparece en los Evangelios solo para dejar bien claro que NO es el padre, y su presencia es callada y fugaz. Tampoco parece intervenir mucho en la educación de su hijo y, cuando éste llega a la edad adulta, desaparece por completo sin que volvamos a saber de él. Sin duda se merece nuestro más sentido homenaje, pero quizá no el Día del Padre, que tiene en este caso algo de humillante.

Mucho mejor candidato sería, por mencionar uno, San Basilio, obispo del siglo III que además de su ejemplo y el de su esposa Santa Emelia, legó  a la causa cristiana cuatro hijos, todos ellos santos. Ahora bien, si su designación  no se debió a crueldad, sino a original rasgo de humor, no quisiéramos ser menos: Proponemos el Día Internacional de la Mujer para el 28 de enero, fecha de la muerte del rey Enrique VIII de Inglaterra, que se deshizo sucesivamente de seis esposas; El Día Mundial de la Infancia, en el aniversario de Vladimir Nabokov, autor de “Lolita”; El Día del Trabajo, el 15 de agosto, (en fin, ya sabéis), y para el cargo de santo protector de las mascotas… ¡a San Martín! (hasta ahora santo patrón de la matanza en el mundo rural).

Bueno, y ahora más en serio, qué tengáis un feliz Día del Padre. Y que consideréis –al menos- la posibilidad de regalar un libro biográfico, un regalo tan ambicioso en su significado que aspira y alcanza a reunir en el presente, en las páginas impresas, la historia de los antepasados y los descendientes de la persona homenajeada… cuya memoria se hará inmortal.

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