Hace pocos días, conocimos por las noticias un terrible caso de error judicial en España. O más bien una sucesión de graves  errores y negligencias cuyo resultado había sido desolador. Un inocente joven holandés había pasado nada menos que doce años en prisión por varias violaciones que no había cometido. Y a la pérdida de todos esos años de su vida en un injusto encierro  había que añadir la hostilidad de los demás presos, siempre dispuestos a castigar a los violadores dentro de la cárcel. Un infierno dentro de otro infierno.

Al margen de otros detalles, su condena se basó casi exclusivamente en la declaración de dos de las víctimas, que le señalaron en una rueda de reconocimiento a instancias de la policía.

Hoy día casi nadie duda de que confiar en la memoria de alguien que está en una situación extrema de angustia, terror y estrés, para identificar a su agresor, es una equivocación y una apuesta más que insegura. Si añadimos a esto que el agresor es extranjero, rubio y habla con acento, cualquiera que responda a esas características tiene todos los números para cargar con el muerto.

Romano Van Der Dussen antes y después de pasar 12 años en la cárcel.

Romano Van Der Dussen antes y después de pasar 12 años en la cárcel.

Pero, vayamos un paso más allá en este difícil campo del ámbito judicial: cuando un testigo es llamado a declarar (“jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”), si su testimonio resulta ser falso puede incurrir en un delito penal –perjurio– y ser condenado a su vez a pena de cárcel.

Sin embargo, por lo que sabemos a estas alturas de la memoria, los recuerdos no son NUNCA una realidad tal y como sucedió, sino algo elaborado a partir de lo que sucedió por las muchas sinapsis que se producen, tanto en el momento de la fijación del recuerdo como en cada posterior rememoración. En resumen, cuanta más memoria tenemos, más la modificamos, ayudados por estados de ánimo, entorno, y demás circunstancias. De modo que los recuerdos más sólidos resultan ser los más FICTICIOS, los más alejados de la VERDAD.

Así pues, como ya barruntábamos en Memoralia, no es solo que la literatura sea la llave de la memoria, sino que la memoria ES, en sí misma, pura literatura.  Dicho así, suena hasta bello, y tal vez lo sea, siempre que eliminemos de nuestro sistema judicial tanto los ejercicios de reconocimiento por parte de las víctimas como las declaraciones de testigos presenciales de los supuestos hechos, descartándolos o por lo menos devaluándolos por necesariamente INVERACES.

¿Alguien se apunta a una recogida de firmas?

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