Hoy el lector debía encontrar en este blog el siguiente capítulo de la serie que Memoralia está dedicando a la genealogía de la memoria. Pero Calíope es una musa hipocondríaca y rara vez se presenta ante un escritor enfermo. Nubladas, pues, nuestras facultades creativas, recurrimos a los más agraciados por las musas para que nos auxilien, y os dejamos con una selección de algunos de los fragmentos que consideramos más inspirados de la literatura universal. Eso sí, sólo mientras las fuerzas de quien hoy hace escribir a otros se reponen.

Homero:

“Canta, oh, diosa, la cólera del pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes”.

Ovidio:

“Ut desint vires, tamen est laudanda voluntas” (aunque nos fallan las fuerzas, es de alabar nuestra voluntad).

Lápidas romanas:

Summa castitate discípulos suos” (se comportó con gran castidad hacia sus alumnos).

Poema de Mío Cid:

“Mío Cid Ruy Díaz  por Burgos entróve,

van en su compañía sesenta pendones;

salen a verlo mujeres y varones,

burgueses y burguesas a las ventanas se ponen,

llorando de los ojos, ¡tan grande era su dolor!

De las sus bocas todos decían una razón

¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!”

Shakespeare:

“¡Ven, dulce noche, amor de negro rostro!

Dame a mi Romeo y, cuando muera,

tómale, y haz de sus pedazos estrellas diminutas

que iluminen el rostro del cielo, de tal forma

que el mundo entero ame la noche, y nadie rendirá tributo al sol radiante”.

Cervantes: (vale que ya está muy visto, pero es que tiene un ritmo tan bello este principio…)

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

Jorge Manrique:

“Recuerde el alma dormida,

Avive el seso y despierte,

Contemplando

Cómo se passa la vida,

Cómo se viene la muerte

Tan callando;

Cuán presto se va el placer,

Cómo, después de acordado,

a dolor;

Cómo, a nuestro parescer,

Cualquiere tiempo pasado

Fue mejor.”

Quevedo: (Oda a una nariz. Muy mala baba, esperamos que el homenajeado no la leyera).

“Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz  y escriba,

érase un peje espada muy barbado”

Pushkin:

“Hombre severo y recoleto,
hoy que de veras enfermó,
mi tío exige gran respeto
y nada más se le ocurrió.
Hay para quien su ejemplo es ciencia,
¡pero, Dios mío, qué paciencia
del viejo noche y día cuidar
refunfuñando sin cesar!
¡Qué hipocresía tan mezquina
al moribundo entretener,
fingiendo pena sostener
el frasco con la medicina,
pensando en tanto con doblez
“Si te murieras de una vez!”

La próxima entrada la haremos sin fiebre y cuando las musas hayan acudido de nuevo a nuestro encuentro.

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