En la noche de los tiempos, cuando fundamos nuestro proyecto de biografías por encargo, hicimos una encuesta para comprobar la pervivencia de la memoria. Descubrimos que la inmensa mayoría de los encuestados no recordaba el nombre de uno solo de sus bisabuelos. Es decir, que en tres generaciones puedes darte por olvidado. Por eso, además de nuestro trabajo en el campo de las biografías también hemos explorado el mundo de los estudios genealógicos: nuestro DNI ancestral.

A todos, quien más quien menos, nos ha picado la curiosidad alguna vez saber de nuestros antepasados –aparte de aquello de un tío remoto que nos deje en herencia una mansión en California–, de aquel bisabuelo en Cuba o de aquella tatarabuela aristócrata. Hablando de aristócratas, en cierta ocasión nos contactaron para determinar si un antepasado del cliente poseía un título nobiliario. Pasadas algunas semanas, nuestro investigador nos envío un documento con la información incontrovertible: su antepasado era arriero, profesión sin duda honrosa pero sin castillos ni palacios de por medio. Ya lo dice el refrán: “Arrieros somos y en el camino nos encontraremos”. Y a fe que su tataranieto acabó cruzándose con él.

¿Pero cómo se averiguó la profesión del presunto aristócrata? La clave está en las partidas bautismales.  En España, hasta 1871 no hubo un registro civil propiamente dicho, por lo que los datos que tenemos corresponden casi exclusivamente a los archivos eclesiásticos (bautismos, enlaces matrimoniales y defunciones). En la partida de bautismo encontramos información acerca de los padres y abuelos del niño, así como el estado civil de estos y, en ocasiones, sus quehaceres profesionales.

Otra de las muchas las sorpresas que nos deparan las investigaciones genealógicas es la existencia de antepasados adoptados o dados en adopción. De hecho, apellidos como “Expósito” indican que, originalmente, alguno de nuestros antecesores fue puesto a cargo de las monjas, que le adjudicaban este apellido (del latín expositus, “expuesto”).Árboles genealógicos

Pero podemos ir más allá: al no existir legislación al respecto hasta el siglo XIX, había ocasiones en que el orden de los apellidos se elegía arbitrariamente o incluso se optaba por otro ajeno a la familia por cuestiones como la tradición, la moda o el capricho de los padres. Obviamente, estos casos eran minoritarios y, normalmente, se llevaba con orgullo el apellido familiar. Si a esto le sumamos el hecho de que un gran número de archivos eclesiásticos se quemaron durante la Guerra Civil, podemos imaginar las complicaciones a las que se enfrenta un investigador genealógico.

Por si los apellidos no fueran suficientes, Ancestry.com -la mayor base de datos genealógicos del mundo- ha empezado a ofrecer su servicio Ancestor Discoveries, un sencillo kit que, por 99 dólares, ofrece la posibilidad de conocer a nuestros parientes más remotos a través de un análisis genético de nuestra saliva. Porque nuestro genoma es otra biografía apasionante, pero eso ya es otra historia.

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