Salía de casa a las 5 de la mañana, caminaba durante una hora hasta llegar al primero de los muchos trabajos mal pagados que tenía que acometer durante todo el día, y parte de la noche, para poder alimentar a sus seis hijos. Cuando llegaba a casa, le esperaba el plato más lleno de comida de cuantos había en la mesa. Su mujer sabía que si él no se alimentaba bien para aguantar sus duras jornadas, ninguno de sus hijos tendría nada que llevarse a la boca.

Sacó a todos adelante, sobrevivió a su mujer, a alguno de sus hijos, y murió con casi 90 años. Se apuntaba a las excursiones de jubilados “para ayudar a las viejecitas a subir y bajar del autobús”. Su velatorio se convirtió en un desfile de abuelas agradecidas, recibidas por un montón de nietos orgullosos, a los que había contagiado su sentido del humor… Porque eso no se hereda.  

Vivió la guerra, y la posguerra. Se enroló en un barco y trabajó como cocinero. Recaló en Cuba parte de su existencia y volvió a España. Ya viudo y jubilado, vendió la casa familiar, repartió el dinero entre sus hijos y fue viviendo “de visita”, de hijo en hijo, de nieto en nieto. Según le venían las ganas, cogía la maleta, se calaba la gorra y cambiaba de casa sin dar tiempo a que nadie se cansara de él, ni de sus rutinas… el culebrón después de comer y una ópera al mes. 

Todo lo demás, lo que no cabe en estas líneas, no está escrito, y debería estarlo. Se llamaba Diego. Memoralia no caminó junto a él cada mañana, no viajó con él a Cuba, ni se sentó a su lado en la ópera, pero puede reconstruir su vida, tirando de la hebra del ovillo de los recuerdos de quienes tuvieron la suerte de conocerlo… y de hacerle los coros mientras cantaba La Traviata.

Esta breve semblanza es un ejemplo del tipo de trabajo que llevamos a cabo como escritores por encargo. En este caso, es una vida por escribir que ha rescatado nuestra amiga y colaboradora Beatriz Saló.

 

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