De todos es sabido que el Día de San Valentín lo inventó El Corte Inglés para hacer caja a costa de los enamorados. Y para los corazones rotos, en China se ha lanzado el Día de los Divorciados a modo de compensación por las toneladas de algodón dulce y bombones liberados al medio ambiente. Paradójicamente, la mayoría de las tradiciones que consideramos sólidamente arraigadas en el sustrato del tiempo no son más que invenciones de nuevo cuño. De hecho, el Día del Padre no existió hasta junio de 1910, año en el que Sonora Smart, hija de un veterano de guerra, logró que se celebrara tal acto de reconocimiento en la pequeña ciudad de Spokane, en Washington. El tercer domingo de ese mes quedaría fijado finalmente como la fecha señalada en los países anglosajones.

En España, hasta 1948, los padres de familia no tenían un mísero día que llevarse a la boca. Tuvo que ser una maestra rural, Manuela Vicente, alias “Nely”, quien le diera el impulso definitivo a instancias de los padres de Dehesa de la Villa, celosos de que las madres ya contaran con un día en el calendario. Se eligió el día de S. José, el 19 de marzo, aunque todavía se busca al responsable de optar por uno de los pocos padres del catálogo de onomásticas que, biológicamente, nunca lo fue.

Pero, en calidad de escritores por encargo y biógrafos, nosotros no tenemos más remedio que barrer para casa. Algunos hijos prescinden de la corbata de rigor y apuestan por hacer un homenaje mucho más sentido y humano: la
Día del Padre: Philip Roth historia del hombre que les enseñó a montar en bicicleta. Es el momento en que un hijo se convierte en biógrafo de su procreador. Uno de los últimos ejemplos ha sido el de George Bush Jr., que no contento con sus incursiones pictóricas, publicó el año pasado la biografía de su progenitor, también presidente de EEUU. Y no ha sido el único mandatario estadounidense en recibir una biografía por parte de su vástago: John Quincy Adams escribió una biografía acerca de John Adams, el segundo presidente de EEUU. Todo el mundo recuerda a George Washington, así que rompamos una lanza a favor de John Quincy, que veló por la memoria de su sucesor.

Bromas aparte, las biografías paternas son uno de los géneros de mayor potencia literaria. Estamos ante un verdadero ejercicio de exploración emocional, de búsqueda de la identidad propia en un viaje a los orígenes. Son retratos llenos de claroscuros, una veces veces ajustes de cuentas; otras, encendidas cartas de elogio. Quizá uno de los retratos más vigorosos e impactantes sea el que llevó a cabo Philip Roth, el escritor estadounidense que, en “Patrimonio. Una historia verdadera”, abordó la enfermedad terminal de su padre para describir su figura y la vida que habían compartido, así como el legado que este le había transmitido. “No se debe olvidar nada, ese es el lema de su escudo heráldico. Para él, estar vivo es estar hecho de memoria; para él, si un hombre no está hecho de memoria, no está hecho de nada”, escribe Roth acerca del hombre que le dio la vida.

 

David C. Williams

 

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