-“¿Con quién has aprendido a ser madre?”, preguntó el niño

-“Contigo, hijo mío”, respondió ella.

“Creí que había sido la abuela quien te enseñó”, dijo sorprendido él. “Ella me enseñó, pero contigo aprendí”, concluyó la madre. Todo empieza con ellas. Las primeras líneas de la historia de nuestra vida las escriben en el tiempo nuestras madres. Sus abrazos y sonrisas son los primeros apuntes en las páginas en blanco de nuestra biografía privada e intransferible.

Hoy, en el Día de la Madre, recordamos que ellas nos regalaron la vida.

Aunque llegue el momento en que cada uno de nosotros toma las riendas de la narración de cuanto nos acontece, somos la obra que ellas nunca dan por terminada. Somos el libro de una vida para el que nuestras madres, escritoras tenaces y tejedoras de experiencias, idean cada día el más feliz de todos los finales posibles. Sus buenos deseos quedan escritos en el viento, ese que nos sacude a ráfagas cuando flaqueamos.

Las madres nos transmiten su vida contada a través de anécdotas que salpican en el tiempo, como si con ellas nos brindaran las claves para sortear lo obstáculos que inevitablemente nos encontraremos en las procelosas aguas de la existencia.

Que el viento y el tiempo no barran a su paso la memoria de nuestras madres está más que nunca a nuestro alcance.  Puede que suene comercial, pero que nadie olvide que nosotros estamos siempre en disposición de registrar la suya en un precioso libro -sí, su propia biografía- escrito con el mayor de los cuidados. Por eso en Memoralia somos escritores por encargo al servicio de la vida, sobre todo si es de quien hizo posible la nuestra.

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