Fotografía de Igor Gayarre.

Hoy no he venido a hablar sobre la elaboración de un documento biográfico, sino a explicar por qué es importante y justo componerlo. Quizá algunos de ustedes se pregunten en estos instantes si su vida merece ser plasmada en un libro, pero -si me permiten el atrevimiento- yo les aseguro que sí.

Los pilares del mundo son sus individuos particulares, cuyas vidas se despliegan en forma de historias concretas como la suya o la mía. Todo cuanto no tenga una raíz individual es abstracto, por no decir vacío, y cuando comparamos algo abstracto con algo propiamente real descubrimos que sólo lo segundo lleva consigo detalle, pormenor. Una línea geométrica, por ejemplo, es sólo cierta sucesión de puntos iguales, mientras una línea vital está formada por infinitas variantes de algo tan insondable como el cosmos, que en todas sus direcciones ofrece más y más perspectivas al observador.

Cuando la vida se ha remansado, dejando atrás el tramo más o menos frenético de abrirse camino y andar fascinado por novedades pasajeras, los placeres de la contemplación se sobreponen a los de la acción, y recapacitar sobre lo andado nos devuelve al sí mismo irrepetible de cada uno. ¡Qué misterio es vivir, y cuántas veces olvidamos que la forma suprema del ser es la memoria, no ninguna cosa tangible!

Cada cual habrá luchado por su lugar al sol, soportando una mayor o menor presión de las circunstancias para salir adelante, pero a esa peripecia vital todos ustedes añaden un recuerdo que además de conservar presta sentido. Les sugiero por ello que se detengan en ese sentido, cuando ya han tenido tiempo para crearlo con sus propias acciones, y rememoren serenamente por qué aquello y cómo lo otro, pues pueden estar seguros de que la vida les eligió para llegar a la edad del verdadero conocimiento.

Ustedes sopesan los tesoros de su experiencia, y Memoralia se encarga de trasladarla a palabras e imágenes. Así se podrá demostrar que en esta sala -y en cualquier lugar donde se reúnan personas mayores- hay un grupo de sabios y héroes, no por menos notorios menos dignos de rematar sus empeños con huellas indelebles. La abnegación, la generosidad, la dulzura, el coraje, la honradez, la paciencia, el tesón y otras cualidades conmovedoras del corazón humano no son fruto de clase social o casualidad, sino hazañas rigurosamente individuales que enriquecen el nosotros formado por cada estirpe.

Originalmente, lo que distinguía al aristócrata del plebeyo era poder recordar minuciosamente quiénes le habían precedido en la custodia del fuego hogareño, y García Márquez rescató esa herencia diciendo que lo malo no es la vejez sino el olvido. Pero entre aquello que las técnicas acabaron permitiendo está que lo reducido a la vieja aristocracia sea accesible hoy a cualquiera,  sencillamente aprovechando los recursos que Memoralia conjuga para componer su historia.

Empecé atreviéndome a asegurar que esa historia merece ser contada, ya sea por su protagonista o por el entorno de sus seres queridos, y para acabar de probarlo no debo omitir un motivo comparable al de honrarse a sí mismo, o celebrar la vida de quien hizo posible la nuestra. Una biografía tiene siempre como eje algún yo absolutamente singular; pero es también el marco del vosotros y el nosotros próximo, el del tú ampliado e inmortal que se arracima en torno a cada apellido.

Una encuesta reciente llevada a cabo por Memoralia demostraba que un 90% de nuestros jóvenes no recuerdan el nombre de más de dos bisabuelos, precisamente cuando todo el mundo parece llamado a aparecer antes o después en alguna pantalla contemplada por millones -siquiera sea durante segundos-, como condenándonos a ver y ser vistos fugazmente sin evitar una condición de muchedumbre solitaria. Sin embargo, los mismos inventos que masifican pueden individualizar, y el taller del olvido tiene todas las herramientas necesarias para convertirse en fortaleza del recuerdo.

Al ofrecerles una amplia gama de biografías esta empresa es consciente, por eso, de que reconstruir una vida singular desde la infancia tiene el mismo valor para ella y sus descendientes que la historia general para el conjunto. Lo disperso se reúne, lo difuso se torna preciso, y cada nuevo brote de vida puede recomenzar iluminado por su propio origen. El tiempo, que visto desde una perspectiva destruye y confunde, se transforma en fuente de conocimiento y perduración. A la pregunta ancestral -“¿De dónde vengo?”- los descendientes podrán empezar ahora respondiendo con un mapa detallado de las iniciativas y personas que les precedieron, y que, de cierto modo, se preocuparon de asegurar su huella ante las ingratitudes del anonimato.

Muchas gracias por su atención.

Antonio Escohotado, abril de 2009.

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